La reacción natural a un incidente es automatizar la detección. Se nos ocurrió en la primera hora: un agente que vigile los vencimientos y avise con anticipación.
No lo construimos.
El proceso tenía tres capas y estábamos a punto de automatizar la tercera. La primera es la renovación automática con un método de pago vigente. La segunda es un registro escrito de qué vence y cuándo. La tercera es una sonda que verifica. Un agente que avisa de algo que podía renovarse solo no es automatización: es teatro caro montado encima de un proceso roto.
Lo que hicimos fue arreglar la primera capa —que era donde estaba el fallo real—, escribir la segunda en un archivo, y sumar la tercera como unas líneas dentro de un chequeo que ya existía.
La parte incómoda: vendemos rediseño de procesos con IA, y nuestro primer impulso fue meterle un agente a un problema que se resolvía con una tarjeta vigente. La tentación de automatizar es más fuerte justo después de fallar, porque construir algo se siente como reparar algo.
Eliminar antes de automatizar. Y antes de eliminar, averiguar cuál capa está fallando de verdad.
El incidente completo lo contamos en unas semanas.